viernes, 16 de diciembre de 2016

Khoisan, los "hombres del bosque"

Guerrero khoisan en la actual Namibia
Cuando en el año 1652 d.C. los primeros colonos holandeses decidieron establecer una base permanente cerca del Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África (descubierto 60 años antes por los portugueses Bartolomé Dias y Vasco de Gama), se dio un "descubrimiento" similar al que tuvo lugar en 1492 en las playas de Guanahaní entre la expedición de Cristóbal Colón y los indios taínos. Porque los indígenas de las tribus khoisan (unión de 2 linajes tradicionales, los khoi y los san), a los que los holandeses llamaron bosquimanos (del afrikáans boschsejmans = hombres del bosque), con su 1,50m promedio de estatura, se pueden considerar descendientes directos de los primeros Sapiens que ocuparon esas tierras. O sea, que 50.000 años después, dos ramas evolucionadas del humano primigenio se volvían a encontrar (y, para celebrarlo, qué mejor que dedicarse a guerrear unos contra otros durante varios siglos).

¡Qué poco se sabe de la Prehistoria africana! Hasta el punto de que, con cada descubrimiento moderno de la paleontología y de la arqueología, se tambalean las premisas anteriores y aparecen nuevas hipótesis que tratan de dar respuesta a un puzzle muy incompleto. Como, por ejemplo, los hallazgos efectuados en la Cueva de la Frontera (Border Cave) situada entre Suazilandia y la provincia sudafricana de Zululandia, cerca del río Ingwavuma. En esta cueva se ha constatado presencia homínida continuada durante ¡200.000 años!. En el año 2012 se descubrieron un conjunto de restos de herramientas, con una antigüedad de unos 42.000 años, casi idénticas a las que continúan usando los modernos pueblos san. 


Esto, unido a también recientes estudios genéticos de los indígenas actuales, que muestran una mayor diversidad genética entre ellos que en ningún otro grupo humano, lleva a algunos expertos a la conclusión de que todos los humanos modernos descenderíamos de los primeros san y no de poblaciones del este de África como hasta hace bien poco se pensaba. ¡Quién sabe!.

Pero volvamos a nuestro viaje al siglo XXI a.C. por el sur de África. Está claro lo que encontraremos por estas tierras: poblaciones de cazadores-recolectores san. Hay un dicho bosquimano muy citado: "Cuando alguien dice, vosotros los bosquimanos no tenéis gobierno, nosotros les decimos que nuestros más lejanos antepasados de hace mucho tiempo tenían un gobierno y era un carbón reluciente del fuego del lugar en que habíamos estado viviendo y lo usábamos para encender el fuego del nuevo lugar al que íbamos". Reflejo, por tanto, de una vida nómada, siguiendo a las manadas de antílopes y otros herbívoros y recogiendo, frutos, semillas y tubérculos del bosque y del desierto. Por lo tanto, no busquemos construcciones estables porque no las había.
En verde la zona actual de la lengua khoisan

Un aspecto muy interesante de este pueblo es su idioma, que incorpora "chasquidos": algunas lenguas tienen hasta 80 tipos diferentes, el 70% de sus palabras comienzan con uno, y se representan en escritura por signos como ≠ ! o //. El antropólogo Richard Klein y el lingüista Alec Knight, ambos de la Universidad de Stanford, sostienen que estos chasquidos o "clicks" presentes en el lenguaje khoisan son vestigios del habla ancestral de la humanidad, que habría comenzado en las riberas meridionales del Sahara en tiempos remotos. En la película de 1980 "The Gods Must Be Crazy" ("Los dioses deben de estar locos") el protagonista, un bosquimano llamado Xi, habla algunas frases en su dialecto natal, lo que nos daba una idea de cómo suena el khoisan. En este vídeo de minuto y medio, un campesino san explica en su idioma el uso que le da a los rastrojos de hierba. Es curioso que, para un oído occidental, nos parece que esos clicks no salen de la boca, no los asociamos a sílabas, sino que los hiciera con el palo o golpeando con los pies en el suelo.

Mujer khoisan con esteatopigia
Otra cosa que nos llamaría la atención en los pueblos san, especialmente en sus mujeres, sería la prevalencia de una condición genética (no es enfermedad) llamada esteatopigia (del griego "grasa en las nalgas"), que en sus orígenes estuvo vinculada a la fertilidad (se suponía que una mujer con más "reservas" estaría más capacitada para criar una progenie sana y numerosa). Hay quien establece una relación ancestral entre esa característica y las formas de las estatuillas llamadas "venus paleolíticas", descubiertas en múltiples lugares de Europa y Asia, símbolo también de fertilidad. 
"Venus" paleolítica




















Los san utilizaban semillas de ricino (muy tóxicas) para impregnar las puntas de sus flechas y que así fueran más efectivas. Y una mezcla de huevo, cera de abeja y resina de euforbia (planta similar al cactus) para obtener una especie de pegamento con el que adherían las herramientas a su mango. Con el paso del tiempo, los san también practicaron, aunque a pequeña escala, la agricultura y domesticaron animales, haciéndose pastores.

Pero, a partir del siglo I d.C. tuvieron que hacer frente a una amenaza muy importante, los bantúes, con los que iniciaron una guerra de varios siglos, con resultado negativo. Tanto los san como sus tribus "hermanas" (los khoi) vieron reducidos drásticamente sus efectivos y sus territorios, quedando confinados a zonas cada vez más pequeñas del extremo sur de África. Las posteriores colonizaciones holandesa  e inglesa no hicieron sino empeorar las cosas para estas tribus, estando con frecuencia amenazadas de extinción.

¿Pero quiénes eran los bantúes y de dónde venían? ¿Dónde estaban en el siglo XXI a.C.? Pues eso da para otra entrada en este singular viaje.

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Pero antes, para seguir con nuestros saltos geográficos, nos vamos a dar un paseo por nuestra querida "tierra de conejos".

Saartjie Baartman, la "Venus hotentote", claro ejemplo de esteatopigia,
fue mostrada como atracción circense en Europa a comienzos del s. XIX


1 comentario:

  1. Imagino tu cara de asombro cuando, cerca del cabo de Buena Esperanza, el jefe de la tribu de los san (no me acuerdo ahora de su nombre) salió a tu encuentro y te dijo aquello de “el reportero Díaz-Miguel, supongo”.

    Los libros de historia no han sabido relatar este encuentro, tan trascendental para la alianza inter temporal de las civilizaciones, como lo hubiera merecido.

    Muchos años después, otro reportero se llevó la gloria en ésto de los encuentros en Africa. Claro que éste era del New York Herald y no del Heraldo Segoviano. En fin, c´est la vie.

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